Córdoba significa, en una de sus acepciones, "junto al río", como Betis equivale a "casa" y Guadalquivir a "Río Grande". Cualquiera de esos nombres rezuma sugerencias sobre la situación o el caudal de su andadura. Allí, en el Aguilón de la Nava, dice "aquí estoy" el destinado a ir desde el manantío en la Sierra de Cazorla, a 2027 metros, hasta Sanlúcar de Barrameda, la "puerta arenosa" de los árabes, el sitio de la entrega al Océano tras bordear casi todo el Sur y, como en la metáfora manriqueña, ir haciéndose hombre hasta la muerte.
Alrededor se esa cuna hay cañaverales, reses de lidia, olivos desolados al sol, acebuches de nervio fino y raíz tres veces milenaria. Un Quevedo nostálgico de Andalucía, en que pasaba fechas felices, escribió:
Naces Guadalquivir de fuente pura
donde de tus cristales leve el vuelo
se retuerce, corriente por el suelo
después que se arrojó por peña dura.
La numerosa familia de los afluentes va engrosando la corporalidad de una vía sonora y a su través se van cumpliendo los episodios biográficos, a los que procede añadir los de la geografía y las particularidades de cada una de las etapas. Esto es, "ganadero en Úbeda, taranto en Linares, fondo de montería en Andujar, puente en Alcolea, sierra en Jaén, torres de Córdoba..."
Llega a Córdoba sucesivo y poderoso, desplegado en el Valle, a 100 metros de altura sobre la costa atlántica. Los geólogos afirman que la Sierra corresponde a la formación del paleozoico; la Campiña al terciario—cuaternario; y es aluvial la materia por donde ahora transcurre su fluir. Estos son datos le encuadran e identifican, determinaciones de su destino.
Los pueblos más remotos buscaban las orillas para establecerse y. en consecuencia, aprovechar esa cercanía para la digamos que organización
comunitaria —en principio la propia de las tribus y después, la de las poblaciones progresivamente configuradas—. Los tartesos
ya alcanzaron este último carácter. Según el cómputo que más o menos se establece, en este periodo fue posible la navegabilidad del que aún no se
conocía por Guadalquivir.
Es presumible que los procesos sedimentarios, las aceñas y sus azudas, las regulaciones pantanosas, los riegos y otras obras encauzantes entrañaron y
entrañan obstáculos para el recobro de lo que, en témporas antiguas, supuso un hecho constatable.
A su paso por Córdoba, el río arrastra un caudal medio de 60 metros cúbicos, que oscila entre el que provoca el estiaje, o sea, 8 a 10 metros cúbicos por
segundo, y el punto máximo en torno a 5.000 metros cúbicos.
Estas cifras nos proporcionan una idea del ritmo guadalquivireño y de sus
variables pulsos y espesuras: las que se advierten al precisar los latires
de su corazón.
El río, en este trozo de su ruta, trasmina una suerte de serenidad, como si
se contagiase de la historia, como si el llano le infundiera temple.
Le faltan 285 kilómetros para que el mar lo acoja, y esta medianería
respecto al desemboque imprime una lentitud dijérase que reflexiva cuando
aún está lejos el epílogo irremediable.
Anda despacio, retrasa los adioses, se prepara al orgullo de que su nombre
natural se incorpore en tierra cordubense al de algunos pueblos por donde
cruza.
El río es fiel a ultranza, mira ante sí y alrededor, sabe que Córdoba es una
de la claves de su itinerario. Sabe que el gotear andariego testifica de
algún modo la historia, pródiga en peripecias, y, asimismo, que él las
asume, pero continuamente se ajusta a un remozo sin pausa.
Estos muros que acaricia, esas torres que contempla y le contemplan
transmiten ecos solemnes que va guardando para nutrir la memoria del camino.
Tiemblan en sus ojos espejeadores y en la anchura del pecho, adelante,
adelante, adelante...
Texto Luis Jiménez Martos. Abrazo al Guadalquivir. Colección Córdoba. Diario Córdoba y Cajasur 1996